
El estudiante Ali Altamirano estaba excavando junto al equipo de investigadores del Departamento de Paleontología de Vertebrados del Museo de Historia Natural de Lima cuando los restos casi completos de un pingüino gigante de hace 36 millones de años (finales del Eoceno) comenzaron a aflorar bajo su martillo de geólogo.
Tras el análisis científico, publicado hoy en 'Science', los investigadores se dieron cuenta de que el ave no sólo llamaba la atención por su gran tamaño -un metro y medio, el doble que el mayor pingüino vivo, el emperador-, sino que además conserva la estructura de sus plumas y de las escamas de sus patas. En tono de broma, los investigadores bautizaron al ejemplar como 'Pedro', en honor a un escamoso personaje de una telenovela colombiana.
Pero la importancia del descubrimiento de Altamirano no quedaría en la descripción de 'Inkayaku paracasensis', como han llamado científicamente al ejemplar y cuyo significado es emperador del agua de Paracas. Un trabajo más exhaustivo permitió a los autores observar que el fósil conservaba en las plumas unas estructuras celulares llamadas melanosomas, que determinan el color de las plumas de las aves.
Hasta la fecha, varios fósiles han permitido estudiar el cambio morfológico que permitió a los pingüinos primitivos adaptar su estructura ósea para el vuelo acuático. Sin embargo, ninguno de ellos conservaba las plumas. En este caso, los paleontólogos no sólo disponen de las plumas, sino también de la forma y el tamaño de los melanosomas, lo que permite comenzar a analizar cómo y cuándo ocurrieron los episodios de evolución hacia los pingüinos modernos.
fuente:http://www.elmundo.es/elmundo/2010/09/30/ciencia/1285869236.html
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